HISTORIA DE LA IGLESIA - 5. LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS.

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Indice del artículo
HISTORIA DE LA IGLESIA
1. LA IGLESIA APOSTÓLICA.
2. LA IGLESIA PERSEGUIDA.
3. LA IGLESIA IMPERIAL.
4. LA IGLESIA MEDIEVAL.
5. LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS.
6. LA IGLESIA REFORMADA.
7. LA IGLESIA MODERNA.
8. LA IGLESIA CONTEMPORÁNEA.
EL MOVIMIENTO PENTECOSTAL EN LA REPUBLICA DE COLOMBIA.
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5. LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS.

INTRODUCCIÓN

MOVIMIENTO ECUMÉNICO.

Movimiento cuyo objetivo básico es promover la cooperación y la unidad mundial entre las Iglesias vinculadas al cristianismo. El término ecuménico proviene etimológicamente del griego oikoumen ('habitado'); de esta manera, los concilios ecuménicos de la Iglesia (el primero de los cuales se celebró en Nicea en el 325) fueron así llamados porque los participantes representaban a las confesiones de todo el mundo conocido. En el siglo XIX, el término ecuménico vino a significar para la Iglesia católica apostólica romana la preocupación por la unidad y la renovación de la Iglesia. Para los protestantes, que encabezaron e hicieron avanzar el movimiento ecuménico desde principios del siglo XX, la expresión se ha aplicado no sólo a la unidad cristiana sino, en un sentido más amplio, a la expansión mundial del cristianismo a través de actividades misioneras.

Hasta el siglo XX sólo se habían hecho esfuerzos esporádicos para reunir a la cristiandad, rota durante siglos por cismas, la aparición de la Reforma y otras disputas. En el siglo XIX se facilitó el camino hacia la unidad por el desarrollo de organizaciones como las Sociedades Misioneras y de la Biblia, la Asociación de Jóvenes Cristianos y la Asociación de Jóvenes Cristianas; en todas ellas, protestantes de diferentes confesiones se unieron para apoyar causas comunes. A principios del siglo XX la unidad del movimiento ecuménico era desempeñada por los protestantes casi en exclusiva.

OBJETIVOS DEL ECUMENISMO.

La Conferencia Misionera Mundial de 1910, celebrada en Edimburgo, marcó el principio del ecumenismo moderno. De ella surgieron tres corrientes de orientación ecuménica: evangelista, de servicio y doctrinal. En la actualidad, esos tres aspectos son fomentados a través del Consejo Mundial de las Iglesias, constituido en 1948; en 1994 englobaba a más de 330 iglesias en unos 90 países.

La preocupación evangélica del ecumenismo moderno dio lugar, en 1921, a la formación del Consejo Misionero Internacional, que engloba a 17 organizaciones de carácter nacional. Coordina la estrategia misionera y ayuda al desarrollo de nuevas iglesias.

Los esfuerzos realizados por los cristianos más allá de los límites confesionales y nacionales se realizaron en 1925, en Estocolmo, cuando se convocó la Conferencia Universal Cristiana sobre la Vida y el Trabajo para estudiar la aplicación del Evangelio a los asuntos industriales, sociales, políticos e internacionales, bajo el lema “el servicio une, pero la doctrina divide”.

El movimiento hacia el ecumenismo doctrinal llevó, en 1927, a la convocatoria de la I Conferencia Mundial de la Fe y el Orden. La conferencia concluyó que “Dios quiere la unidad y, sin embargo, pudiendo justificar los principios de la desunión, lamentamos su permanencia”. La II Conferencia Mundial de la Fe y el Orden se celebró en Edimburgo en 1937, el mismo año en que tuvo lugar en Oxford otra conferencia sobre la Vida y el Trabajo. Delegados de ambas reuniones acordaron la coordinación de sus actividades, y en 1938 se nombró un comité provisional para crear un “órgano representativo de las iglesias”. La formación del Consejo Mundial de las Iglesias, que tenía que haber nacido en 1941, se pospuso durante siete años a causa del estallido de la II Guerra Mundial. En 1961 la corriente misionera del esfuerzo ecuménico protestante, junto con las corrientes de servicio y doctrinal unidas en el Consejo Internacional Misionero, se fundieron con el Consejo Mundial de las Iglesias.

El impulso hacia la unidad fue realizado casi en exclusiva entre los protestantes hasta 1920, año en que el patriarca de Constantinopla publicó una encíclica en la que llamaba a la unión de todos los cristianos. Las Iglesias ortodoxas orientales son miembros del Consejo Mundial desde su constitución.

El ecumenismo siguió desarrollándose entre las confesiones protestantes y ortodoxas; así, en 1950, se formó el Consejo Nacional de las Iglesias por parte de 29 confesiones de Estados Unidos. La Iglesia católica apostólica romana, sin embargo, permaneció inflexible en su rechazo al movimiento; desde su punto de vista, la unidad de la Iglesia sólo se puede conseguir tras el regreso de las que ella considera “sectas cismáticas” a la “única Iglesia verdadera”. Una encíclica emitida en 1928 por el papa Pío XI reforzó esta posición y en 1954 los católicos tuvieron prohibido asistir a la segunda asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias.

LOS CONCILIOS.

Concilios ecuménicos, importantes asambleas de obispos y dirigentes de la Iglesia cristiana, en las que se discuten y regulan aspectos doctrinales y otras cuestiones. Únicamente aquellas que son convocadas por el papa se califican como generales o ecuménicos, y sus dictámenes no son vinculantes hasta que aquél los haya promulgado. La Iglesia católica reconoce ocho concilios antes del cisma de 1054, que condujo a la separación de las iglesias orientales, y trece posteriormente, pero la Iglesia ortodoxa omite el IV Concilio de Constantinopla, en el que se excomulgó al patriarca Focio.

CONCILIOS DE NICEA.

El primero de todos fue el I Concilio de Nicea, convocado en el 325, doce años después de que el emperador Constantino hubiera anunciado la tolerancia del cristianismo dentro del Imperio romano. Los otros veinte han sido:

El  Segundo Concilio de Nicea, 787, Séptimo concilio ecuménico. Sus sesiones tuvieron lugar desde el 24 de septiembre hasta el 23 de octubre del 787 (siendo papa Adriano I). A la convocatoria, efectuada por la emperatriz bizantina Irene, asistieron 350 obispos, la mayoría de los cuales procedían del Imperio bizantino. A pesar de las fuertes objeciones formuladas por parte de los iconoclastas, fue aprobada la veneración de imágenes religiosas y ordenada su restauración en las iglesias de todo el territorio imperial.

CONCILIOS DE CONSTANTINOPLA.
PRIMER CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (381)

Segundo concilio ecuménico de la Iglesia. Convocado por el emperador romano de Oriente Teodosio I el Grande, los 150 obispos que participaron en sus sesiones condenaron como herético el arrianismo, reafirmaron las resoluciones adoptadas en el primer concilio ecuménico (el I Concilio de Nicea, que tuvo lugar en el 325), definieron al Espíritu Santo como consubstancial y coeterno con el Padre y el Hijo en la Santísima Trinidad y ratificaron el segundo puesto que ocupaba el patriarca de Constantinopla en el orden jerárquico de la Iglesia, tras el papa.

SEGUNDO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (553)

Quinto concilio ecuménico de la Iglesia. Fue convocado por el emperador bizantino Justiniano I, para examinar las obras de los teólogos griegos Teodoro de Mopsuesto, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa. Estas obras, conocidas como los Tres capítulos y que habían sido aprobadas por el cuarto concilio ecuménico, el Concilio de Calcedonia (451), fueron condenadas, así como anatemizados sus autores.

TERCER CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (680)

Sexto concilio ecuménico. Fue convocado a petición del emperador bizantino Constantino IV (reinó entre 668-685), para condenar el monotelismo, doctrina que declaraba que Jesucristo sólo disponía de una voluntad, aunque tuviera dos naturalezas (la humana y la divina).

CUARTO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (691)

Convocado por el emperador bizantino Justiniano II (reinó entre 685-695 y 705-711) con el fin de promulgar un código legislativo para la Iglesia. Dicho código se convirtió más tarde en parte de la ley canónica de la Iglesia ortodoxa, pero fue rechazado en gran medida por la Iglesia occidental, que no aprobó las actas conciliares finales. El Concilio del año 691 fue considerado por la Iglesia de Oriente como complementario a los anteriores concilios ecuménicos (el quinto y el sexto) y es, por lo tanto, conocido como Sínodo Quinisexto (del latín, ‘quinto-sexto’). Este Concilio se ha denominado en ocasiones Sínodo Trullano por su punto de encuentro en el trullum (cúpula) del palacio del emperador.

QUINTO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (754)

Fue convocado por el emperador bizantino Constantino V para tratar el problema de la adoración de imágenes. El Concilio condenó el culto a las imágenes; esta postura, sin embargo, fue rechazada por el séptimo concilio ecuménico, celebrado en Nicea en el 787, y el Concilio del 754 no fue reconocido como ecuménico en Occidente. También es conocido por el nombre de Conciliábulo de Hiereia.

SEXTO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (869-870)

No reconocido por la Iglesia ortodoxa, sí por la Iglesia católica (que lo denomina IV Concilio de Constantinopla y reconoce como octavo concilio ecuménico). Fue congregado por Basilio I el Macedonio, emperador de Bizancio, para confirmar la destitución de Focio como patriarca de Constantinopla. Focio, principal instigador del cisma del siglo IX entre las Iglesias de Oriente y Occidente, fue depuesto.

SÉPTIMO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (879-880)

La séptima asamblea de Constantinopla fue reconocida en Oriente como octavo concilio ecuménico de la Iglesia. Fue convocada por Focio, quien había sido restituido como patriarca de Constantinopla en el 877. Este Concilio, que rechazó el anterior, no fue reconocido por la Iglesia de Occidente.

OCTAVO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (1341)

El último concilio que tuvo lugar en Constantinopla fue reconocido en Oriente como noveno concilio ecuménico de la Iglesia. Se celebró para resolver el problema del hesiquiasmo, escuela de espiritualidad de la Iglesia ortodoxa que experimentó una gran renovación entre los monjes que vivían en el monte Athos. El Concilio condenó al monje griego Barlaam como hereje por su oposición a la secta.

CONCILIO DE ÉFESO.

Concilio de Éfeso, tercer concilio ecuménico de la Iglesia cristiana, celebrado en el año 431. Fue convocado, durante el pontificado de Celestino I, por Teodosio II (emperador romano de Oriente), de común acuerdo con Valentiniano III (emperador romano de Occidente), para poner fin a la controversia provocada por la doctrina herética del nestorianismo, así denominada por el nombre de su formulador, Nestorio. Presidido por el patriarca Cirilo de Alejandría, por delegación papal, sus sesiones se prolongaron durante los meses de junio y julio del 431.

La polémica surgió cuando Nestorio (fallecido c. 451), patriarca de Constantinopla, se negó a otorgar el título de “Madre de Dios” a la Virgen María, porque consideraba que Cristo era en realidad dos personas distintas (Dios y hombre) y, que la Virgen María era la madre de Jesús de Nazaret, pero no del Verbo Divino. El Concilio depuso a Nestorio, condenó sus postulados, y sancionó la doctrina de que Jesucristo es Dios verdadero y hombre verdadero, que tiene dos naturalezas (humana y divina) fundidas en una sola persona. Como extensión lógica, el Concilio aprobó el título de “Madre de Dios” (del griego Theotokos, ‘portadora de Dios’) para la Virgen María.

CONCILIO DE CALCEDONIA, 451

Calcedonia, antiguo puerto de mar de Bitinia (Asia Menor), en el mar de Mármara, en el extremo sur del estrecho del Bósforo, frente a Bizancio (posteriormente Constantinopla, actual Estambul, en Turquía). Fundada hacia el 685 a.C. por colonos griegos de la ciudad de Megara, fue regida durante mucho tiempo por los reyes de Bitinia hasta convertirse en posesión romana en el siglo I a.C. En el 451 d.C. el papa León I celebró el IV Concilio Ecuménico de la Iglesia cristiana en Calcedonia, donde se condenó la doctrina herética del monofisismo. La ciudad decayó tras pasar a manos persas en el 616. Fue saqueada por turcos otomanos en 1453, y las piedras de sus edificios se reutilizaron para la construcción de monumentos otomanos en Constantinopla. El suburbio de Kadiköy (en Estambul) se encuentra en el emplazamiento de Calcedonia.

CONCILIOS DE LETRÁN.
I CONCILIO DE LETRÁN (1123)

Fue convocado durante el pontificado de Calixto II y su decisión más importante fue la plena confirmación del Concordato de Worms (1122), que puso fin a la Querella de las Investiduras entre las autoridades eclesiásticas y seculares. También adoptó cánones que prohibían la simonía y el matrimonio de los clérigos, y anuló las ordenanzas del antipapa Gregorio VIII (1118-1121).

II CONCILIO DE LETRÁN (1139)

Tuvo lugar durante el pontificado de Inocencio II (1130-1143) y su convocatoria respondió al intento de resolver el cisma originado por el antipapado de Anacleto II (1130-1138), a cuyos seguidores excomulgó. Además, fueron renovados los cánones en contra del matrimonio de los clérigos y se prohibió la celebración de torneos peligrosos.

III CONCILIO DE LETRÁN (1179)

Celebrado durante el pontificado de Alejandro III, estableció el procedimiento para la elección del nuevo papa (que exigía el voto favorable de dos terceras partes de los cardenales reunidos en cónclave).

IV CONCILIO DE LETRÁN (1215)

Inocencio III Durante su pontificado, el papa Inocencio III (1198-1216) desarrolló una actividad inusitada que le convirtió en uno de los más competentes de la edad media. Uno de sus últimos logros fue la convocatoria del IV Concilio de Letrán (1215). En la imagen aparece tal y como fue representado en un fresco del monasterio benedictino del Santo Speco (Italia).Archivo Iconográfico, S.A./Corbis

Presidido por el papa Inocencio III, fue el más importante de los concilios lateranenses. En sus sesiones, celebradas entre el 11 y el 30 de noviembre de 1215, participaron dos patriarcas orientales, representantes de muchos príncipes seculares y más de 1.200 obispos y abades. En sus 70 decretos se adoptaron importantes resoluciones, entre las cuales destacaron: la condena de dos grupos religiosos, los cátaros y los valdenses; la confesión de fe que definió por vez primera el dogma teológico de la transubstanciación; una norma por la que se prohibía la fundación de nuevas órdenes monásticas; la obligación para los fieles (como mandamiento de la Iglesia) de confesar y comulgar al menos una vez al año; y la preparación de una nueva Cruzada.

V CONCILIO DE LETRÁN (1512-1517)

Fue convocado por el papa Julio II en 1512 y continuó y concluyó durante el pontificado de León X. Prohibió la impresión de libros que no recibieran previa autorización eclesiástica y aprobó el concordato entre León X y el rey de Francia, Francisco I, quien abolió los privilegios de la Iglesia francesa.

CONCILIOS DE LYON.

Dos concilios ecuménicos de la Iglesia cristiana en Occidente, celebrados en Lyon.

I CONCILIO DE LYON (1245)

Decimotercer concilio ecuménico de la Iglesia, sus sesiones se desarrollaron entre el 28 de junio y el 17 de julio de 1245, durante el pontificado de Inocencio IV. El Papa convocó el concilio para derrocar a Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano, quien le había apartado de Roma. El concilio excomulgó y depuso a Federico y liberó a sus súbditos de sus juramentos de lealtad; los hechos del concilio, sin embargo, no tuvieron consecuencias políticas.

II CONCILIO DE LYON (1274)

Decimocuarto concilio ecuménico, sus sesiones tuvieron lugar entre el 7 de mayo y el 17 de julio de 1274, durante el pontificado de Gregorio X. Asistieron a él aproximadamente 500 obispos, y fue convocado ante todo para buscar la unificación de las iglesias de Occidente y de Oriente. Pero, aunque sin duda se logró una reconciliación en esta oportunidad, sería de carácter transitorio. También se establecieron normas según las cuales los papas serían elegidos por un cónclave de cardenales. El Concilio contó entre sus miembros con san Buenaventura (el cual falleció dos días antes de su clausura); santo Tomás de Aquino murió cuando se dirigía hacia allí.

CONCILIO DE BASILEA ( 1431-1449),

El más conflictivo de los concilios ecuménicos de la Edad Media, todavía no reconocido como legítimo (al menos en su totalidad) por muchos historiadores y teólogos. Tuvo lugar en Basilea, Suiza, y fue convocado formalmente por el papa Martin V (1417-1431) de conformidad con el decreto Frequens del Concilio de Constanza (1414-1418), que exigía reuniones periódicas; después de la muerte del papa Martin V fue confirmado por el papa Eugenio IV (1431-1447). En 1437 Eugenio lo trasladó a Ferrara, Italia, y en 1438 a Florencia, donde en realidad se convocó un nuevo concilio que obtuvo un reconocimiento prácticamente universal.

Sin embargo, el concilio en Basilea continuó en actitud de reto; en 1439 destituyó a Eugenio y eligió un antipapa, Félix V. Considerado en ese momento como una amenaza que podría reabrir el gran cisma de Occidente, el concilio perdió la mayor parte del apoyo que todavía tenía. En 1449, que para esa fecha contaba con un número de padres conciliares simbólico, el concilio reconoció al nuevo papa, Nicolás V y decretó su propia disolución.

El concilio de Basilea puede entenderse mejor como la conclusión de los problemas que no fueron resueltos por el Concilio de Constanza. Este Concilio se decantó por una reforma general de la Iglesia y, en su decreto Sacrosancta (cuyo preciso significado continúa siendo discutido por los historiadores), parecía colocar la autoridad del concilio por encima de la del Papa. Para muchos hombres de Iglesia, esta conjunción significaba que podría llevarse a cabo una reforma más exhaustiva de la Iglesia sólo bajo la autoridad suprema de los concilios, a los que se otorgaba un poder especial para regular y controlar al Papa y su curia. De hecho, ciertos motivos de conveniencia propia contribuyeron también a la adopción por parte de prelados y príncipes de la teoría radical conciliar que había animado el concilio desde sus comienzos.

Eugenio IV, no siempre diplomático en sus relaciones con el concilio, temía y recelaba de la actuación de este último, así como de su antipapismo, sus esfuerzos de independencia para negociar con los herejes husitas y los intentos para reforzar su poder buscando la reconciliación con la Iglesia oriental. El propio Eugenio llevó a término con éxito, aunque temporalmente, este proyecto, en el Concilio de Florencia (1438-1445).

En su momento cumbre, el Concilio de Basilea reunió a unos 500 miembros, pero no hubo una representación adecuada de obispos y abades. Los participantes más celebres fueron los teólogos alemanes Nicolás de Cusa y el humanista italiano Aeneas Silvius Piccolomini (más tarde papa Pío II), los cuales abandonaron más tarde las posiciones conciliaristas. Basilea significó la cumbre y la derrota real de la teoría radical conciliar que, al final, dadas las circunstancias de este concilio, degeneró en puro antipapismo.

CONCILIO DE CONSTANZA.

Concilio eclesiástico de la Iglesia católica apostólica romana que se reunió en la ciudad imperial de Constanza a partir de 1414 hasta 1418. Fue convocado por Juan XXIII (antipapa) a petición de Segismundo, emperador sacro germánico. El objetivo específico del Concilio era asentar la cuestión de la sucesión papal, exigido por Juan y por los papas Gregorio XII y Benedicto XIII. También se intentó terminar con el cisma en la Iglesia occidental, formular reformas eclesiásticas y combatir la herejía.

Los resultados más importantes del Concilio consistieron en que las decisiones de sus reglas fueran obligatorias incluso para el Papa y que se mantuvieran reuniones regulares para seguir la aplicación de esas normas. Los miembros del Concilio regularizaron el procedimiento de votación para las elecciones papales y eligieron al cardenal Ottone Colonna, quien se convirtió en el papa san Martín V. La elección del nuevo Papa terminó con el cisma entre los pontífices de Roma y Aviñón. El Concilio condenó también como herejía las doctrinas del reformista religioso inglés John Wycliffe y las de los bohemios Jan Hus y Jerome de Praga. Estos dos reformadores fueron más tarde condenados a muerte en la hoguera por las autoridades seculares.

El Concilio de Constanza ha sido, y sigue siendo, objeto de numerosas controversias, de forma especial en lo relativo a la supremacía de un concilio general sobre el Papa. El núcleo de la controversia radica en la cuestionable legitimidad de la primera parte del Concilio, que trataba de su autoridad en el orden teológico, porque había sido convocado por Juan XXIII, un antipapa. El tema se complica todavía más con la enigmática aprobación de Martín V de las decisiones conciliares: el texto de su aprobación contiene una cláusula que parece excluir la discutible primera parte del Concilio.

CONCILIO DE FERRARA (1438-1445)

Asamblea católica apostólica romana, la última de una serie de concilios de la Iglesia celebrados durante la edad media y el renacimiento en los que se intentó reunir a las Iglesias de Oriente y de Occidente. El Concilio se convocó primero en Basilea, en el año 1431, por el papa Martín V. Cuando estalló el conflicto entre el papa Eugenio IV y el Concilio, Eugenio IV emitió una bula en 1437 trasladando el concilio a Ferrara, en 1438. El emperador romano de Oriente, Juan VIII Paleólogo, apoyó la decisión del papa Eugenio, aunque sus motivos eran políticos: estaba más interesado en conseguir ayuda de Occidente contra la invasión de los turcos otomanos que en la reunión de las Iglesias de Oriente y Occidente. La mayoría de los representantes conciliares, sin embargo, permaneció en la sesión de Basilea.

Con la ayuda de los pocos delegados que hicieron caso a su llamada, el papa convenció a los eclesiásticos de Oriente para que trataran con el Concilio de Ferrara. Las negociaciones se llevaron a cabo durante unos meses en esta ciudad, pero debido a la aparición de la peste, el Concilio se trasladó a Florencia.

Entre los primeros temas tratados en el Concilio se encontraban: (1) si el Espíritu Santo procedía, como afirmaban las Iglesias orientales, sólo del Padre, o, como lo hacía la Iglesia de Occidente, también del Hijo; (2) si era el pan fermentado que se utilizaba en el Este, o el pan ácimo que se tomaba en Occidente el que se tenía que distribuir al celebrar la comunión; (3) si el Papa tenía que ser aceptado como cabeza de las Iglesias de Oriente, por encima de la autoridad de los patriarcas griegos; (4) si debía prevalecer la doctrina oriental de estado intermedio después de la muerte sin el sufrimiento reparador del fuego, o la doctrina occidental del purgatorio que establecía el castigo por el fuego como expiación y reparación de los pecados arrepentidos.

Las creencias de Occidente fueron aceptadas en último término por los eclesiásticos orientales, encabezados por el teólogo griego Juan Bessarión y se firmó un acuerdo el 6 de junio de 1439. Hasta 1445 la Iglesia occidental siguió celebrando el Concilio en Roma; se consolidó la unión con unas cuantas de las iglesias más pequeñas de Oriente, entre ellas las organizaciones armenia, maronita, nestoriana y jacobita. Sin embargo, los esfuerzos por asegurar el acuerdo entre todas las Iglesias de Oriente fracasaron, primero por la oposición de los monjes griegos, y además por la llegada de los turcos que conquistaron la capital de Oriente, Constantinopla, en 1453, e intentaron impedir cualquier contacto entre las Iglesias de Oriente y Occidente. El acuerdo ratificado en Florencia en 1439 finalizó, en efecto, con la caída de Constantinopla en 1453; fue rechazado con carácter formal en 1472 por un sínodo en Constantinopla.

CONCILIO DE TRENTO.

Decimonoveno concilio ecuménico de la Iglesia católica apostólica romana, que tuvo lugar, a lo largo de tres etapas, entre 1545 y 1563. Convocado con la intención de responder a la Reforma protestante, supuso una reorientación general de la Iglesia y definió con precisión sus dogmas esenciales. Los decretos del Concilio, confirmados por el papa Pío IV el 26 de enero de 1564, fijaron los modelos de fe y las prácticas de la Iglesia hasta mediados del siglo XX.

Concilio de Trento En este fresco, que se encuentra en el palacio Farnesio de Caprarola, fue representada una escena que reflejaba los debates de las sesiones del Concilio de Trento (1545-1563).Archivo Iconográfico, S.A./Corbis

Todo el mundo consideraba necesario, a finales del siglo XV y principios del XVI, la convocatoria de un concilio que reformara la disciplina de la Iglesia. El V Concilio de Letrán (1512-1517) fracasó en este sentido y concluyó sus deliberaciones antes de que se plantearan las nuevas cuestiones suscitadas por Martín Lutero. Ya en 1518, el teólogo alemán subrayó la necesidad de celebrar un concilio que afrontara las polémicas surgidas. Aunque numerosos dirigentes respaldaron su petición, el papa Clemente VII temía que una reunión de este tipo pudiera favorecer la teoría que afirmaba que la autoridad suprema de la Iglesia recaía en los concilios y no en el pontífice. Además, las dificultades políticas que el luteranismo planteó al emperador Carlos V hicieron que otros gobernantes, y de forma significativa el rey de Francia, Francisco I, se mostraran reacios a apoyar cualquier acción que pudiera fortalecer el poder del emperador, liberándole de estos conflictos.

Pablo III fue elegido papa en 1534 debido, en parte, a su promesa de convocar un concilio. Tras los fallidos intentos para que éste tuviera lugar en Mantua (1537) y en Vicenza (1538), el Concilio inauguró sus sesiones en Trento el 13 de diciembre de 1545. Con escasa participación al principio, y nunca libre de obstáculos políticos, aumentó de forma progresiva el número de asistentes y su prestigio a lo largo de las tres fases en que se desarrolló.

PRIMERA FASE (1545-1547)

En muchos aspectos, esta primera fase fue la que tuvo mayor alcance. Una vez fijadas las numerosas cuestiones de procedimiento, fueron abordados los principales temas doctrinales planteados por los protestantes. Uno de los primeros decretos afirmaba que las Escrituras tenían que ser entendidas dentro de la tradición de la Iglesia, lo que representaba un rechazo implícito del principio protestante de ‘sólo Escrituras’. El largo y elaborado decreto sobre la justificación condenaba el pelagianismo, doctrina herética a la que también era contrario Lutero, aunque intentaba al mismo tiempo definir un papel para la libertad humana en el proceso de la salvación. Esta sesión también se ocupó de ciertas cuestiones disciplinarias, como la obligación de los obispos de residir en las diócesis de las que fueran titulares.

SEGUNDA FASE (1551-1552)

Después de una interrupción, provocada por una profunda desavenencia política entre Pablo III y Carlos V, la segunda fase del Concilio, convocada por el nuevo papa Julio III, centró su atención en el tema de los sacramentos. Esta sesión, boicoteada por la legación francesa, fue continuada por algunos representantes protestantes.

TERCERA FASE (1561-1563)

Debido a una declaración de guerra, el Concilio permaneció suspendido durante la parte final del pontificado de Julio III, así como en los años que Marcelo II y Pablo IV ocuparon el solio pontificio. Fue Pío IV quien renovó su convocatoria en 1561, cuando en España reinaba ya Felipe II, para afrontar la que sería su fase final. En las deliberaciones de esta su última etapa se impusieron las cuestiones disciplinarias, para hacer hincapié en el problema pendiente de la residencia episcopal, considerado por todas las partes clave para la auténtica aplicación de una reforma eclesiástica.

El hábil legado pontificio Giovanni Morone armonizó posturas opuestas y logró clausurar el Concilio. En 1564 Pío IV publicó la Profesión de la fe tridentina (por Tridentum, el antiguo nombre romano de Trento), resumiendo los decretos doctrinales del Concilio. Sin embargo, a pesar de su duración, el Concilio nunca se ocupó del papel del pontificado en la Iglesia, un tema planteado repetidas veces por los protestantes. Entre los muchos teólogos que participaron en sus sesiones, Reginald Pole, Diego Laínez, Melchor Cano, Domingo de Soto y Girolamo Seripando, fueron los que desarrollaron una actividad más intensa en los debates. También fue muy importante la actuación desarrollada por los miembros de la Compañía de Jesús.

SIGNIFICADO DEL CONCILIO DE TRENTO.

El Concilio de Trento definió algunos dogmas incontestables: el hombre tiene libre albedrío e inclinación natural al bien; la fe se obtiene a través de las Sagradas Escrituras y se complementa con la tradición de la Iglesia, establecida por textos de Padres y Doctores de la Iglesia y concilios; la misa es un sacrificio y una acción de gracias; la eucaristía supone una transubstanciación real; la Iglesia es el instrumento querido por Dios, guiada por el Espíritu Santo es santa, católica, romana y apostólica. También fueron acordados principios de procedimiento y disciplina: residencia episcopal; obediencia del obispo al papa (pero reconociéndose las excepciones de los estados con regio patronato, como España y Francia); condiciones del reclutamiento sacerdotal (edad, ciencia adquirida, independencia material, además de establecerse la creación de seminarios episcopales para la formación sacerdotal); invitación a las órdenes religiosas para observar sus reglas fundacionales.

Bibliografía

Títulos básicos publicados acerca de Concilio de Trento.

Además de la resolución de cuestiones doctrinales, teológicas y disciplinarias fundamentales para los católicos romanos, el Concilio también impartió entre sus dirigentes un sentido de cohesión y dirección que se convirtió en un elemento esencial para la revitalización de la Iglesia durante la Contrarreforma. Los historiadores actuales opinan que las decisiones conciliares fueron interpretadas y aplicadas en un sentido más estricto del que pretendieron sus participantes, y algunos creen que tuvo menos importancia en el resurgimiento del catolicismo romano que otros factores. No obstante, la designación de ‘era tridentina’ para los siglos comprendidos entre Trento y el Concilio Vaticano II, refleja la decisiva trascendencia que tuvo el Concilio en la Iglesia católica moderna.

CONCILIO VATICANO I

Vigésimo concilio ecuménico reconocido por la Iglesia católica apostólica romana, famoso por su solemne definición de la primacía jurisdiccional y la infalibilidad papal. Convocado por el papa Pío IX, el concilio se reunió 93 veces en la Basílica de San Pedro de Roma entre el 8 de diciembre de 1869 y el 1 de septiembre de 1870.

COMPOSICIÓN Y PROGRAMA.

De 1.050 obispos y otros posibles participantes, sólo asistieron 800 al concilio, la mitad de ellos representando diócesis europeas, y una parte importante del resto misiones europeas en el exterior. El concilio se anunció en 1864, pero los preparativos se retrasaron. Proposiciones extraídas del Syllabus errorum constituyeron el sustrato del programa original. Fue un concilio interno de la Iglesia católica romana, pero se aprovechó la oportunidad para invitar a Roma a las Iglesias ortodoxa y protestante. Cardenales nombrados por el Papa presidieron y controlaron estrictamente los debates. Entre los temas discutidos, aunque no se tomaron resoluciones sobre ellos, estaban la adopción de un catecismo universal y las normas de disciplina sacerdotal. Se recopilaron documentos escritos sobre el proyecto de una propuesta relativa a la naturaleza de la Iglesia, pero nunca se debatió el tema.

DOCTRINA DE LA INFALIBILIDAD.

El concilio promulgó dos constituciones: Dei filius (24 de abril, 1870), que exponía la doctrina católica romana sobre fe y razón, y Pastor aeternus (18 de julio, 1870), donde se afirmaba como principio esencial de la doctrina católica romana que el Papa tiene primacía jurisdiccional sobre toda la Iglesia, y que en condiciones particulares Dios le otorga la infalibilidad (libre de error) en materias de fe y moral que Dios desea que la Iglesia conozca. La definición de infalibilidad papal fue debatida con apasionamiento, aunque sus adversarios en el concilio nunca superaron una quinta parte de los asistentes. Algunos la consideraron una definición inoportuna, dada la tensa atmósfera político-religiosa de Europa, y otros tuvieron serias dudas históricas y teológicas respecto de la doctrina misma. Algunos adversarios se ausentaron a partir de la sesión del 18 de julio en la que se registró una votación final de 433-2 a favor de la constitución Pastor aeternus. Ningún obispo de la Iglesia rechazó la nueva constitución. Un pequeño número de católicos de Alemania y de los países vecinos se separaron de la Iglesia católica y como protesta fundaron la Iglesia católica antigua. Se inspiraron en el conocido historiador eclesiástico Ignaz von Döllinger, que fue excomulgado por negarse a aceptar Pastor aeternus.

CONCILIO VATICANO II

Vigésimo primer concilio ecuménico reconocido por la Iglesia católica, convertido en símbolo de la apertura eclesiástica a la edad contemporánea. El Concilio fue anunciado por el papa Juan XXIII el 25 de enero de 1959, y celebró 178 reuniones durante los meses de otoño de cuatro años consecutivos. La primera sesión tuvo lugar el 11 de octubre de 1962 y la última el 8 de diciembre de 1965.

Mensaje de Juan XXIII El 22 de diciembre de 1962, el papa Juan XXIII recapacitó sobre la importancia de las primeras sesiones del Concilio Vaticano II: "La Navidad de este año lleva la marca del concilio ecuménico que, gracias al Señor, ha comenzado tan bien. Del 11 de octubre al 8 de diciembre, se han vivido dos meses de intensa emoción religiosa en Roma".Cortesía de Institut des Archives Sonores. Reservados todos los derechos.

Concilio Vaticano II El Concilio Vaticano II (1962-1965) cambió la dirección de la Iglesia católica. En el curso de sus sesiones modernizó varias creencias, reconoció la importancia del ecumenismo y reafirmó la doctrina de la transubstanciación. Convocado por el papa Juan XXIII, que murió antes de la primera sesión y al que sucedió Pablo VI, el Concilio editó muchos documentos que recogen sus deliberaciones.Archive Photos

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De los 2.908 obispos, así como de otros posibles asistentes convocados, participaron en la sesión de apertura 2.540 procedentes de todas las partes del mundo. Los obispos de Asia y África jugaron un papel prominente en las deliberaciones del Concilio. Sólo los países comunistas estuvieron escasamente representados, como resultado de presiones gubernamentales. El promedio de asistencia a las sesiones fue de 2.200 personas.

Los preparativos para el Concilio comenzaron en mayo de 1959, cuando se solicitaron sugerencias a los obispos católicos del mundo, a las facultades de teología y a las universidades. Trece comisiones preparatorias, con más de 1.000 miembros, fueron seleccionadas para rechazar las versiones preliminares sobre un amplio abanico de temas. Prepararon 677 documentos, llamados esquemas o schemata, que fueron reducidos a 17 por una comisión especial convocada en las sesiones de los años 1962 y 1963. Los miembros del Concilio con derecho a voto eran los obispos católicos y los superiores de las órdenes religiosas masculinas pero, como cambio radical respecto a prácticas anteriores, las iglesias ortodoxas y protestantes fueron invitadas a enviar delegados oficiales en calidad de observadores.

Se invitó a oyentes laicos de la Iglesia católica a la sesión de 1963, durante la cual dos de ellos dirigieron la palabra al Concilio. En 1964 se sumaron mujeres oyentes a estas sesiones. Los asuntos a tratar eran muchos, y los temas que se discutieron incluyeron el papel de los medios de comunicación modernos, las relaciones entre cristianos y judíos, la libertad religiosa, el papel de los laicos en la Iglesia, el culto litúrgico, los contactos con otros cristianos y con no cristianos, tanto teístas como ateos, así como el papel y la educación de sacerdotes y obispos.

DOCUMENTOS PRINCIPALES Y CONCLUSIONES.

La primera sesión tuvo lugar el 11 de octubre de 1962 y la última el 8 de diciembre de 1965.

El Concilio Vaticano II publicó 16 documentos, entre los que destacan los relativos a la revelación divina (Dei Verbum, 18 de noviembre de 1965) y a la Iglesia (Lumen Gentium, 11 de noviembre de 1964) junto a un documento fundamental en el terreno pastoral de la Iglesia en el mundo moderno (Gaudium et Spes, 7 de diciembre de 1965). Los mejores y más modernos eruditos en temas bíblicos redactaron los principios y documentos relativos a la revelación divina. El Concilio explicó el punto de vista católico sobre cómo la Biblia, la tradición y la autoridad eclesiástica se relacionan entre sí en la exposición de la revelación divina.

El documento relativo a la Iglesia recalcaba la idea bíblica de la organización de la comunidad cristiana, más que el modelo jurídico que había dominado hasta entonces. Denominar a la Iglesia pueblo de Dios enfatizaba la naturaleza del servicio de cargos tales como los del sacerdote y obispo, la responsabilidad colegial, o compartida, de todos los obispos con respecto a la globalidad de la Iglesia, así como la llamada de todos sus miembros a la santidad y a la participación en la misión eclesiástica de propagar el Evangelio de Cristo. El tono pastoral de la Iglesia en el mundo moderno fue establecido en las palabras de apertura del Concilio, las cuales declararon que la Iglesia compartía “la alegría y la esperanza, el dolor y la angustia de la humanidad contemporánea, particularmente las de los pobres y afligidos”. Empezó con un análisis teológico de la humanidad y del mundo. Después se interesó por áreas determinadas, como el matrimonio y la familia, la vida cultural, social y económica, la comunidad política, la guerra y la paz, y las relaciones internacionales.

El fundamento sobre la liturgia promovió una participación comunitaria más activa en la misa, como acto central del culto público católico y fue el primer paso para conseguir cambios que para 1971 incluían la sustitución del latín, antigua lengua del culto religioso, por las lenguas vernáculas. Otros documentos buscaron un terreno común para entablar el diálogo con los cristianos ortodoxos y protestantes y con los no cristianos. En una apertura poco común con respecto a su deliberada política de evitar condenas, el Concilio deploró “todas las acciones de odio, persecuciones, y demostraciones de antisemitismo llevadas a cabo en cualquier momento o a partir de cualquier fuente contra los judíos”.

El papa Juan XXIII había iniciado el Concilio Vaticano II de manera positiva, teniendo como propósito la puesta al día y la renovación (aggiornamento) de la Iglesia católica y el logro de la unidad cristiana y humana. El papa Pablo VI, que continuó el Concilio tras la muerte de Juan XXIII en 1963, aprobó estos propósitos y añadió además el diálogo con el mundo moderno.

ACOGIDA Y OPOSICIÓN.

La primera reacción al Concilio fue en su mayor parte favorable. Uno de los resultados más importantes fue el estrechamiento de relaciones entre las iglesias cristianas. Sin embargo, puesto que ciertas corrientes de cambio, que no se habían relacionado en absoluto con lo ocurrido en el Concilio, continuaron extendiéndose por la Iglesia, los grupos católicos más conservadores e integristas empezaron a temer que las reformas hubieran sido demasiado radicales. Surgieron grupos disidentes, y algunos críticos desafiaron la autoridad, tanto del Concilio, como de los papas que habían llevado a cabo lo decretado por aquél. La oposición a los cambios en la liturgia de la Iglesia se convirtió en un punto conflictivo para los que no estaban de acuerdo con que los cambios fueran más profundos.

El líder más destacado del tradicionalismo católico, que rechazó las reformas doctrinales y disciplinarias establecidas por el Concilio Vaticano II, fue Marcel Lefebvre, un arzobispo francés jubilado que en 1970 fundó un grupo internacional conocido como la Hermandad Sacerdotal de San Pío X. Declaró que las reformas del Concilio “nacen de la herejía y terminan en ella”. Los esfuerzos de reconciliación entre Roma y Lefebvre no tuvieron éxito. El papa Pablo VI lo suspendió en el ejercicio de sus funciones como sacerdote y obispo en 1976, pero él continuó con sus actividades, ordenando incluso sacerdotes.

Entre aquellos que dieron como fruto preceptos de gran importancia, se encuentran el II Concilio de Nicea, que declaró la aprobación de la Iglesia a la veneración de imágenes; el IV Concilio de Letrán, que empleó la palabra transubstanciación por vez primera y que prescribió la confesión anual; el Concilio de Constanza, que puso fin al gran cisma de Occidente, reunificando al papado; el Concilio de Trento, que afirmó la transubstanciación y repudió el luteranismo y el calvinismo; el Concilio Vaticano I, que declaró la infalibilidad del papa, únicamente cuando hablaba ex-cathedra; y el Concilio Vaticano II que, entre otras muchas reformas liberales, permitió el uso de lenguas vernáculas en el culto.